La literatura, el cine y las series permiten comprobar que las distopías -sociedades futuras
alienantes- ahora están aquí, dibujando una espeluznante realidad con la que convivimos a duras
penas. Existen distopias apocalípticas como Mad Max, La carretera, Hijos de los hombres,
Cuando el destino nos alcance o bien ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y las que
detallan sociedades entre la competencia y el exterminio, el miedo y la locura, la traición o la
falta de futuro como Los juegos del apetito, Discordante, El dador de recuerdos, El círculo o bien El
corredor del laberinto. Tenemos aquellas donde la televisión nos lleva a la servidumbre y la
pérdida de la razón como las de Stephen King -El fugitivo o bien La extendida marcha- o donde la
agresividad y la violencia es la razón de ser de quienes van perdiendo su condición de
humanos, como El señor de las moscas, La naranja mecánica o bien Ensayo sobre la ceguera. En El
cuento de la criada se suspenden la independencia de prensa o los derechos de la mujer; en El
rebaño ciego los supervivientes se enfrentan, con máscaras, al estercolero de todo el mundo nuevo;
en Nosotros, las viviendas de cristal para ser controlados y el Estado omnipresente; en El
desarrollo, detenidos mas no detenidos en una absurda burocracia judicial; en La invención de
Morel, algo tan extraño como sostener cada día las mismas diálogos; en V de Vendetta, la
pérdida de independencia en un planeta hostil; y en Sumisión, la Francia de 2024 en manos de una
sociedad islámica. Y, después, los clásicos: en 1984, el Enorme Hermano, la neolengua, los dos
minutos de odio o la policía del pensamiento; en Fahrenreit 451, esclavizados por los
tranquilizantes, el conformismo y los medios que nos presentan todos los días novedades inocuas que
no alimentan el alma; y en Un planeta feliz, el peor de los escenarios, la falsa utopía, nada hay
que nos haga medrar y ser mejores. En la España surrealista de hoy, donde en el calendario
aparecen eneras o bien agostas, comenzamos a crear la República que retrata Woody Allen en
Bananas y que el dictadorzuelo presidente sintetiza en lo esperpéntico: “El idioma oficial será el
sueco. Todos y cada uno de los ciudadanos cambiarán de lencería cada hora y media y van a deber llevarla
por fuera para revisarlo y todos y cada uno de los niños inferiores de 16 años tendrán 16 años desde
este momento». Vamos camino de una distopía imbécil, entre la aceptación y el aplauso con
las orejas.






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