Qué más daba que John Lennon confesase a la gaceta Rolling Stone que los Beatles empezaron a rodar cuesta abajo cuando Brian Epstein les puso el trajecito y tuvieron «un éxito muy, pero que muy grande» y se dieron cuenta de que se habían vendido («ya entonces nos sentíamos como una mierda, porque nos veíamos obligados a concentrar una o dos horas de actuación en 20 minutos»). Se pasó por prominente asimismo que, tras la desaparición de Epstein, se hartaran de que todo girara cerca de Paul McCartney. La culpa era de Yoko Ono, la intrusa que se coló en la grabación del White Album (1968) y ya no se fue ni con agua ardiente, la bruja que rompió la promesa de los de Liverpool de no usar su música para vender pañales.

Llevada a cabo para el primer plano

Mas, ahora que el feminismo le ha sacado los colores al patriarcado y que el supremacismo blanco da ganas de vomitar, está claro que Yoko Ono reunía los ingredientes para convertirla en chivo expiatorio : ser mujer, ser siete años mayor que Lennon y ser asiática. Encima, no era una groupie preparada para la genuflexión no le agradaban los Beatles, de hecho, ni una leal amiga de la infancia, ni un bellezón para pasear en los clubes. Disfrutaba de su reputación, cimentada desde el momento en que, en 1961, expuso sus primeras instruction paintings en la galería neoyorquina AG de Georges Maciunas, el principal creador del movimiento Fluxus. No-estaba-llevada a cabo-para-el-segundo-chato.

Su visibilidad puso de los nervios a bastantes capos de la escena, Bob Dylan incluido, que le fabricaron el traje a medida de pérfida, muy útil asimismo a los nostálgicos de los fab four, que querían echarle la culpa a alguien de la disolución de la banda. Una popularidad, por cierto, que ella ha resistido década tras década sin ponerse farruca, con actitud zen, siguiendo tal y como si nada con sus performances y exposiciones.

Metro y 57 de solidez

Una de sucedió en la Comunitat Valenciana. En 1997, voló de Londres al campo de aviación de LAltet para abrir En-Trance en la Lonja de Pescado de Alicante, y tres días después estrenaba en Valencia Ex–It. La expectación era máxima. Yoko entró su metro y 57 centímetros en la Lonja. Los lentes muy Lennon y las zapatillas muy Chanel. Mostró todo el rato una sonrisa de esas que ponen los nipones cuando se llevan un trozo de trencadís del parque Güell en el bolso de Loewe. Venía custodiada por guardaespaldas y tenía el temor instalado en su cuerpecillo de pájaro en noche de tormenta. La víspera había sido verbena de San Juan y solo en la inauguración de las hogueras habían explotado 147 kilogramos de pólvora en solo una traca. Y , reconoció en un aparte, no puede con la pólvora desde las cinco balas del calibre 38 que acabaron con la vida de su marido el 8 de diciembre de 1980 a las puertas del edificio Dakota, en la calle 72 de Novedosa York.

Casi peor fue la cosa institucional. El alcalde de entonces, Luis Díaz Alperí, de quien años después, en el 2009, se conocería su vinculación en el caso Gürtel le regaló un reloj de 24.000 euros al entonces secretario general del PP valenciano Ricardo Costa no paró de darle la brasa con los Beatles. Y ella con exactamente la misma tónica que enrabietaba a los dioses del pop de finales de los 60 le dejó bien clarito por qué se encontraba allí: «He venido a compartir mi trabajo, y mi trabajo soy yo misma».

Y eso sin crisparse, con exactamente la misma vocecita con que obsequió a los presentes un pensamiento gratis: «La raza humana, que es muy inteligente, salvará el mundo con su sabiduría». La audiencia pareció creerle, ignorante de lo que vendría. Tampoco ella sabía que se transformaría en una activista contra el fracking y otras prácticas anticlimáticas. Solo que ahora no necesita doce fotógrafos a los pies de una cama de hotel. Lanza sus mensajes en Twitter. Y nadie se atreve ahora a decir que envenenó a los Beatles. Al menos, no en voz alta. Arderían las redes.






Fuente