Arturo Ureña Suárez atiende tras la verja. Es lo que toca con esto de la pandemia. Si bien dentro prosigue la vida que empezó en 1939 cuando Leocadio Galán Barrena, sacerdote nativo de Calamonte, auspició el Centro Religioso Esclavos de María y de los Pobres, la conocida Casa de la Clemencia de Alcuéscar.

Indudablemente que sea esta la primera oportunidad en la historia que esta institución religiosa se ve obligada a candar las visitas. A las puertas, con su sotana y su amabilidad recurrente, nos recibe el director. Hay cipreses, el patio lleno de geranios, las ardillas que recorren troncos de madera a agilidad de crucero, y mucha paz.

Se requiere, sin lugar a dudas, para ofrecer cariño a sus 65 residentes, personas que tienen problemas psíquicos, gentes sin hogar, sin recursos económicos, ancianos…

Los acogidos no pudieron ver a sus familiares, más allá de las videollamadas. «Poseemos el acceso cerrado y de esta manera evitamos que logre ingresar nadie. Los residentes se están portando realmente bien en lo que cabe, sabiendo que llevan así los pobres desde marzo», explica Ureña.
Las navidades se muestran tranquilas, bastante diferentes a la algarabía que por estas datas animaba el centro. «No las vamos a poder celebrar y festejar como nos agradaría, con toda esa alegría que siempre ha caracterizado nuestro hogar… Las visitas, la gente que viene a cantar, a formar parte en la eucaristía con ellos, los teatros…»

Mas no pierden el entusiasmo los 12 padres que conforman la comunidad. Disponen aparte de un psicólogo, una terapeuta, y por cada turno hay tres cuidadores.
Los usuarios siguen con sus actividades habituales: carpetitas, mimbres, taller de lavandería o de jabón.

Con los expertos desarrollan terapia de conjunto y en nuestros días están mejorando adornos para las fiestas.

«Por medio de Dios no tuvimos ningún caso de coronavirus», afirma aliviado el director de la vivienda, que gracias a la pandemia ha visto reducidas las donaciones. «Se aprecia un montón porque vivimos de la providencia y de la gente que venían a misa y daban su donativo. Eso se ha acabado. Nos vemos un poco apurados en esa parte, aunque la gente está respondiendo espectacular, como algunas cofradías y parroquias de Cáceres; las asociaciones están haciendo recogida de víveres o de artículos de limpieza y el Banco de Comestibles de Cáceres nos ayuda muchísimo». Termina la charla y Ureña deja la verja tras la que sigue el milagro de la misericordia.






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