Las dos más profundas crisis vividas por el pueblo de la Biblia, Israel, fueron anunciadas y sufridas por ciertos de sus profetas: la crisis asiria, que acabó con la destrucción de Samaria en el 722 y la babilónica, que terminó con la destrucción de Jerusalén y la deportación masiva en el 586. No brotaron de manera espontánea, tampoco fueron la consecuencia de los imperios de la zona y sus políticas expansivas. Los profetas venían denunciando la arbitrariedad, los atropellos y las falsas esperanzas y pronosticaban la desintegración de su identidad como pueblo. Amós, Oseas, Isaías y Miqueas denunciaron las injusticias, la pérdida de identidad, los impuestos exagerados, la codicia y las trampas al comercio y la corrupción ética y judicial. Todo el sistema se encontraba podrido. Amós charla de la hora de infortunio, de tiempos pésimos; Isaías, de un árbol que hay que talar; Oseas demanda el olvido del derecho objetivo y el tiempo de ignorancia; y Miqueas, que Jerusalén se transformará en un montón de ruinas. Nadie les hacía caso. El pueblo necesitaba un cambio de conducta y que abandonase las falsas esperanzas, la falsa euforia y que no cayera en la divinización de lo que no es Dios. Por su lado, la crisis babilónica, que supuso la desaparición del reino de Judá en el 587, la deportación de gran parte de su pueblo, y la destrucción del Templo y de Jerusalén. A lo largo de 49 años los deportados vivieron desperdigados por Babilonia y Egipto. Jeremías y Ezequiel fueron los 2 profetas que vivieron el desastre. Uno, en Jerusalén y, el otro, con los deportados en el exilio. Jeremías clamó en un pueblo corrompido por la injusticia y la idolatría del poder y el dinero, por lo cual fue encarcelado. Ezequiel, aparte de las injusticias (es curioso de qué forma constantemente la injusticia, la ilegalidad o la ley del embudo es el principio de todo mal), ve la hipocresía de un pueblo que no quiere ver, que no quiere oír y que no desea entender. Habrán de regresar al desierto si quizás se dan cuenta de que necesitan renovación. Otra vez, la Biblia y ciertas de sus historias con siglos a sus espaldas, nos enseña un paralelismo con la verdad que nos deja boquiabiertos. Vemos que las cosas no trabajan, que la ruina avizora, que todo se descompone, que la podredumbre se prolonga y, mientras que ciertos son repudiados como excéntricos o exaltados, otros se instalan en el monopolio de la posverdad.






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